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| Manuel Ortega Doña Inés de Suárez en la defensa de la ciudad de Santiago (1897) [Museo Histórico Nacional, Santiago do Chile] |
E assim
se faz um herói ou uma heroína…
–¡Matadlos a todos! –ordené a los guardias en un tono imposible de
reconocer como mi voz.
Tanto los presos como los centinelas quedaron pasmados.
–¿Que los matemos, señora? ¡Son los rehenes del gobernador!
–¡Matadlos, he dicho!
–¿Cómo queréis que lo hagamos? –preguntó uno de los soldados,
espantado.
–¡Así!
Y entonces enarbolé
la pesada espada a dos manos y la descargué con la fuerza del odio sobre el
cacique que tenía más cerca, cercenándole el cuello de un solo tajo. El impulso
del golpe me lanzó de rodillas al suelo, donde un chorro de sangre me saltó a
la cara, mientras la cabeza rodaba a mis pies. El resto no lo recuerdo bien.
Uno de los guardias aseguró después que decapité de igual forma a los otros seis
prisioneros, pero el segundo dijo que no fue así, que ellos terminaron la
tarea. No importa. El hecho es que en cuestión de minutos había siete cabezas
por tierra. Que Dios me perdone. Cogí una por los pelos, salí a la plaza a
trancos de gigante, me subí en los sacos de arena de la barricada y lancé mi
horrendo trofeo por los aires con una fuerza descomunal, y un pavoroso grito de
triunfo, que subió desde el fondo de la tierra, me atravesó entera y escapó
vibrando como un trueno de mi pecho. La cabeza voló, dio varias vueltas y
aterrizó en medio de la indiada. No me detuve a ver el efecto, regresé a la
celda, cogí otras dos y las lancé en el costado opuesto de la plaza. Me parece
que los guardias me trajeron las cuatro restantes, pero tampoco de eso estoy
segura, tal vez yo misma fui a buscarlas. Sólo sé que no me fallaron los brazos
para enviar las cabezas por los aires. Antes de que hubiese lanzado la última,
una extraña quietud cayó sobre la plaza, el tiempo se detuvo, el humo se
despejó y vimos que los indios, mudos, despavoridos, empezaban a retroceder,
uno, dos, tres pasos, luego empujándose, salían a la carrera y se alejaban por
las mismas calles que ya tenían tomadas. Transcurrió un tiempo infinito, o tal
vez sólo un instante. El agobio me vino de golpe y los huesos se me deshicieron
en espuma, entonces desperté de la pesadilla y pude darme cuenta del horror
cometido. Me vi como me veía la gente a mi alrededor: un demonio desgreñado,
cubierto de sangre, ya sin voz de tanto gritar. Se me doblaron las rodillas,
sentí un brazo en la cintura y Rodrigo de Quiroga me levantó en vilo, me apretó
contra la dureza de su armadura y me condujo a través de la plaza en medio del
más profundo estupor.
Isabel Allende, Inés del alma mía (2006)
Obs.:
Inés de Suárez (Plasencia, 1507-Santiago, 1580): conquistadora, enfermeira e militar espanhola, participante na conquista do Chile e na fundação de Santiago, tida como figura-chave na defesa da cidade durante o assédio mapuche de 1541.

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